La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Bien, John, no sé nada de política pero sé leer la Biblia, y en ella leo que debo dar de comer al hambriento, vestir al desnudo y consolar al desesperado; y ¡pienso seguir la Biblia!

—Pero en los casos en los que obrar así puede suponer un mal público…

—Obedecer a Dios jamás acarrea un mal público. Sé que no es posible. Siempre es lo más seguro, en conjunto, hacer lo que Él nos manda.

—Escúchame ahora, Mary, y te expondré un razonamiento muy claro para demostrarte…

—¡Tonterías, John! Puedes hablar toda la noche y no podrás demostrarlo. Yo te pregunto, John, ¿tú echarías de tu puerta a una pobre criatura temblorosa y hambrienta por ser un fugitivo? ¿Lo harías?

Si hemos de decir la verdad, nuestro senador tenía la desgracia de ser un hombre con una naturaleza especialmente humanitaria y accesible y nunca había sido su fuerte echar a alguien que tuviese problemas; y lo peor para él en este momento de la discusión era que su mujer lo sabía y por supuesto dirigía su asalto a un punto indefendible. Por lo tanto él recurrió al medio habitual y común de ganar tiempo en tales casos: dijo «ejem» y tosió varias veces, sacó el pañuelo y se puso a limpiar las gafas. A la señora Bird, cuando vio la condición indefensa del territorio del enemigo, su conciencia no le impidió aprovecharse de su ventaja.


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