La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Me gustarÃa verte hacerlo, John, de verdad que sÃ! Echar a una mujer de casa durante una nevasca, por ejemplo; o quizás preferirÃas meterla en la cárcel, ¿no? ¡Sà que servirÃas para eso!
—Desde luego, serÃa una obligación muy penosa —comenzó a decir el señor Bird con tono moderado.
—¡Obligación, John, no utilices esa palabra! ¡Sabes que no es una obligación, que no puede serlo! Si la gente no quiere que se escapen los esclavos, que los traten bien: esa es mi doctrina. Si yo tuviera esclavos (y espero no tenerlos nunca), correrÃa el riesgo de que quisieran escaparse de mà o de ti, John. Te digo que las personas no se escapan cuando son felices; y cuando se fugan, pobres criaturas, ya padecen bastante con el frÃo y el hambre y el miedo, sin que todo el mundo se vuelva contra ellos; asà que, con ley o sin ley, yo no lo haré nunca, ¡lo juro por Dios!
—Mary, Mary, deja que razone contigo.
—Odio el razonamiento, John, especialmente en temas de este estilo. Vosotros los polÃticos tenéis una forma de darle la vuelta a una cosa sencilla; y no lo creéis ni vosotros mismos a la hora de ponerlo en práctica; tú no serÃas más capaz que yo de hacerlo.