La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom En este punto crítico, el viejo Cudjoe, el factótum negro, se asomó a la puerta y pidió que la señora se acercase a la cocina; nuestro senador, bastante aliviado, miró a su mujer con una mezcla caprichosa de diversión y fastidio y se sentó en el sillón y empezó a leer los periódicos.
Un momento más tarde se oyó la voz de su mujer en la puerta, diciendo con un tono vivo y urgente: John, John, quiero que vengas aquí un momento.
Este dejó el periódico y se dirigió a la cocina, donde lo sobresaltó lo que apareció ante sus ojos: una mujer joven y esbelta, aterida de frío, con la ropa rota y un zapato de menos, dejando ver un pie sin media herido y sangrante, yacía inconsciente entre dos sillas. Su rostro tenía la estampa de la odiada raza, pero nadie quedaría indiferente ante su belleza triste y patética, y su pétrea delgadez, su aspecto frío, inmóvil y cadavérico hicieron estremecer al senador. Aguantó la respiración y se quedó quieto. Su esposa y su única criada negra, la vieja tía Dinah, estaban ocupadas en hacerla volver en sí, mientras que el viejo Cudjoe tenía al muchacho sobre el regazo y le estaba quitando los zapatos y los calcetines y frotándole los piececitos helados.