La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡No me digan que no es digna de ver! —dijo, compasiva, la vieja Dinah—; parece ser que el calor ha hecho que se desmayara. TenÃa un aspecto razonable cuando ha entrado a preguntar si podÃa calentarse un rato aquÃ; y mientras yo le preguntaba de dónde venÃa, se ha desplomado. Creo que nunca ha hecho trabajos duros, a juzgar por el aspecto de sus manos.
—¡Pobrecita! —dijo la señora Bird compasivamente, y en ese momento la mujer abrió lentamente los ojos oscuros y grandes y la miró sin verla. De repente cruzó su rostro una expresión de sufrimiento y se levantó de un salto, preguntando—: ¡Oh! ¿Han cogido a mi Harry?
Al oÃr esto, el niño se levantó y corrió hacia ella con los brazos levantados. —¡Oh, está aquÃ, está aquÃ! —exclamó ella—. ¡Oh, señora! —dijo enloquecida a la señora Bird ¡protéjanos, no permita usted que lo atrapen!
—Nadie les hará daño en esta casa, pobre mujer —dijo alentadora la señora Bird—. Está usted a salvo, no tema.
—¡Que Dios la bendiga! —dijo la mujer, tapándose la cara entre sollozos; el pequeño, al verla llorar, intentó encaramarse en su regazo.