La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Con los muchos y bondadosos cuidados femeninos que nadie dispensaba mejor que la señora Bird, la pobre mujer se calmó por fin. Le prepararon el sofá a modo de cama, cerca del fuego, y poco después quedó profundamente dormida, con el niño, que parecía estar igualmente agotado, durmiendo en sus brazos, porque la madre resistió los intentos bien intencionados de apartárselo e, incluso dormida, lo tenía cogido con un férreo abrazo como para evitar que le burlasen la vigilancia.
El señor y la señora Bird habían vuelto al salón, donde, por extraño que parezca, no se hizo ninguna referencia por parte de ninguno de los dos a la conversación anterior, sino que la señora Bird se entregó a su labor de calceta y el señor Bird fingió leer el periódico.
—Me pregunto quién será —dijo el señor Bird por fin, soltando el periódico.
—Cuando se despierte después de descansar un poco, nos lo dirá —dijo la señora Bird.
—¡Oye, esposa! —dijo el señor Bird después de contemplar en silencio el periódico.
—¿Sí, querido?
—Supongo que no le vendría alguno de tus vestidos, ni sacando la orilla, ¿verdad? Parece bastante más grande que tú.
Se dibujó una sonrisa apenas perceptible en los labios de la señora Bird al contestar: «Ya veremos».