La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Otra pausa, y el señor Bird empezó de nuevo: —¡Oye, esposa!
—¿Qué quieres?
—¿Sabes? Esa vieja capa de fustán que sólo usas para taparme cuando duermo la siesta después de comer, podrÃas dársela, pues necesita ropa.
En ese momento se asomó Dinah para decir que la mujer estaba despierta y querÃa ver a la señora.
Los señores Bird se fueron a la cocina, seguidos por los dos hijos mayores, porque a esa hora la más pequeña ya habÃa sido depositada sana y salva en la cama.
La mujer estaba incorporada en el sofá junto a la chimenea. Miraba fijamente las llamas con una expresión sosegada y descorazonada, muy diferente de la agitación enloquecida de antes.
—¿Me ha llamado? —preguntó la señora Bird con tono suave—. Espero que se encuentre usted mejor ahora, pobre mujer.
La única respuesta fue un suspiro largo y tembloroso; pero alzó los oscuros ojos y los fijó en ella con una expresión tan desvalida y suplicante que a la pequeña dama le saltaron las lágrimas.
—No debe usted temer nada; aquà somos sus amigos, pobre mujer. DÃgame de dónde viene y qué quiere —dijo.
—He venido de Kentucky —dijo la mujer.