La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Cuándo? preguntó el señor Bird, haciéndose cargo del interrogatorio.
—Esta noche.
—¿Cómo ha venido?
—Cruzando sobre el hielo.
—¡Cruzando sobre el hielo! —dijeron todos los presentes.
—Sà —dijo la mujer lentamente—. Lo he hecho. Con la ayuda de Dios, he cruzado por el hielo, porque me perseguÃan, me pisaban los talones, y no habÃa otro remedio.
—¡Diablos, señorita! —dijo Cudjoe— el hielo está todo roto y se balancea y tambalea en el agua.
—¡Lo sé, lo sé! —dijo ella frenética—, ¡pero lo he hecho! Nunca me hubiera creÃdo capaz; no pensaba poder conseguirlo, pero no me importaba. Sólo hubiera muerto si no lo conseguÃa. El Señor me ayudó; nadie sabe lo que puede ayudar el Señor hasta que lo intenta —dijo la mujer con los ojos llameantes.
—¿Era usted esclava? —preguntó el señor Bird.
—SÃ, señor; pertenecÃa a un hombre de Kentucky.
—¿La trataba mal?
—No, señor; era buen amo.
—¿Y su ama la trataba mal?
—No, señor; mi ama siempre ha sido buena conmigo.
—¿Qué la ha impulsado a dejar una buena casa, entonces, y fugarse, para pasar todos estos peligros?