La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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La mujer dirigió a la señora Bird una mirada aguda y escrutadora, y no se le escapó que vestía de luto.

—Señora —le dijo de repente— ¿ha perdido usted a un hijo?

La pregunta era inesperada, y cayó sobre una herida abierta, pues hacía sólo un mes que habían enterrado a un hijo queridísimo de la casa.

El señor Bird se volvió y se acercó a la ventana, y la señora Bird rompió a llorar; luego, recobrando el habla, dijo:

—¿Por qué lo pregunta? He perdido a un pequeño.

—Entonces puede comprenderme. Yo he perdido a dos, uno tras otro, y los he dejado allí enterrados al marcharme; sólo me quedaba éste. Nunca me dormía sin tenerlo cerca; era todo lo que tenía. Era mi consuelo y mi orgullo, día y noche; y, señora, me lo iban a quitar, lo iban a vender, allá en el sur, señora. Iba a estar solo, un niño que nunca en la vida se ha separado de su madre. No podía soportarlo, señora. Sabía que yo no iba a servir para nada si lo vendían; así que, cuando me enteré de que habían firmado los papeles y que ya estaba vendido, lo cogí y salí por la noche; y me dieron caza, el hombre que lo compró y algunos hombres de mi amo, y estaban justo detrás de mí, y los oí. Salté sobre el hielo; y cómo crucé no lo sé, pero cuando me di cuenta, había un hombre ayudándome a subir por el barranco.


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