La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom La mujer no sollozó ni lloró. Estaba en un estado donde se secan las lágrimas; pero todos los que la acompañaban, cada uno a su estilo, daban muestras de sincera compasión.
Los dos chiquillos, después de hurgar desesperadamente en los bolsillos en busca de los pañuelos que las madres saben que nunca se encuentran allí, se habían lanzado desconsolados a las faldas del vestido de su madre, donde sollozaban y se limpiaban los ojos y narices a sus anchas. La señora Bird tenía la cara oculta tras el pañuelo. La vieja Dinah, el honrado rostro negro surcado por las lágrimas, exclamaba «¡Que el Señor tenga piedad de nosotros!» con el fervor de una reunión religiosa, mientras que el viejo Cudjoe, frotándose los ojos enérgicamente con los puños y haciendo una cantidad descomunal de muecas variopintas, le respondía en la misma clave, con gran fervor. Nuestro senador era un hombre de estado y por supuesto no se podía esperar que él llorase, como los demás mortales, por lo que dio la espalda a los reunidos y miró por la ventana y parecía estar muy ocupado en carraspear y limpiarse las gafas, sonándose la nariz de vez en cuando de una forma altamente sospechosa si hubiera habido alguien en condiciones de observarlo de forma crítica.
—¿Por qué me ha dicho que tenía un amo bondadoso? —exclamó de repente, ahogando una especie de sollozo y volviéndose rápido a mirar a la mujer.