La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Porque era un amo bondadoso, tengo que decirlo, y mi ama era bondadosa también, pero no pudieron remediarlo. DebÃan dinero, y de alguna forma los tenÃa en su poder un hombre al que se vieron obligados a complacer. Yo los escuché y oà al amo decÃrselo al ama, mientras ella rogaba y suplicaba en mi nombre, y él le dijo que no podÃa evitarlo y que los papeles ya estaban firmados, y entonces cogà al niño y me fui de casa y vine aquÃ. SabÃa que era inútil intentar vivir si seguÃan adelante, porque este hijo es lo único que tengo.
—¿No tiene usted marido?
—SÃ, pero pertenece a otro hombre. Su amo lo trata muy mal y casi nunca le deja ir a verme; se porta cada vez peor con él y ahora amenaza con venderlo en el sur; parece que no lo voy a ver más.
El tono sosegado con el que la mujer pronunció estas palabras podÃa hacer creer a un observador indiferente que era apática del todo; pero sus grandes ojos negros delataban una angustia profunda y arraigada que desmentÃa esta impresión.
—¿Y adónde piensa dirigirse, pobre mujer? —preguntó la señora Bud.
—Al Canadá, si por lo menos supiera dónde está. ¿Está muy lejos el Canadá? —preguntó, mirando la cara de la señora Bird con un aire confiado y sencillo.
—¡Pobrecita! —dijo involuntaria la señora Bird.