La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Durante un rato el continuo ¡clan, clan! sólo se mezclaba, para variar, con unos botes laterales y unas sacudidas tremendas; empezaron a congratularse de que las cosas no iban tan mal, después de todo. Por fin, con un zarandeo que los pone a todos primero de pie y después sentados con increÃble rapidez, se detiene el coche, y después de mucha conmoción en el exterior, aparece Cudjoe en la puerta.
—Por favor, señor, es un lugar terrible, éste. No sé cómo vamos a salir. Creo que vamos a necesitar barrotes.
Se apea desesperado el senador, buscando tierra firme para apoyar los pies; se le hunde un pie hasta una profundidad tremenda, intenta sacarlo, pierde el equilibrio y se cae en el fango, de donde lo pesca Cudjoe en un estado lamentable.
Pero desistimos aquÃ, por compasión hacia los huesos de nuestros lectores. Los viajeros del oeste que hayan pasado las horas de la noche ocupados en la interesantÃsima tarea de tirar verjas con el fin de conseguir barrotes para sacar sus carruajes de agujeros de barro respetarán y compadecerán a nuestro héroe desventurado. Les rogamos que derramen una lágrima silenciosa y seguimos.
Era una hora muy avanzada de la noche cuando el coche salió, sucio y maltrecho, del barranco del rÃo y se paró en la puerta de una larga casa.