La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Así era la carretera por la que iba tambaleándose el senador, haciendo reflexiones morales tan constantemente como lo permitían las circunstancias. El coche iba más o menos ¡tran, tran, tran, tran! por el barro, haciendo que el senador, la mujer y el niño cambiasen de posición para dar, sin orden ni concierto, contra las ventanillas del lado opuesto. Se atasca el coche y se oye a Cudjoe pasar revista a los caballos en la parte de fuera. Después de varios infructuosos meneos y tirones, cuando el senador está a punto de perder la paciencia, el coche se endereza de pronto; las dos ruedas delanteras caen en otro surco y el senador, la mujer y el niño se precipitan promiscuamente hacia el asiento delantero; el sombrero del senador se le encasqueta de mala manera sobre los ojos y la nariz y cree que ha llegado su hora; el niño llora y Cudjoe, desde fuera, infunde ánimos a los caballos, que patalean y forcejean y se esfuerzan bajo repetidos chasquidos del látigo. El coche se rectifica con un salto y caen las ruedas de atrás; el senador, la mujer y el niño son proyectados al asiento de atrás, con los codos de él contra el sombrero de ella y los dos pies de ella golpeando el sombrero de él, que sale volando por la patada. Después de unos momentos, se pasa el «lodazal» y se detienen, jadeantes, los caballos; el senador recupera el sombrero, la mujer se arregla el suyo y tranquiliza al niño y se preparan para lo que aún tienen que pasar.


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