La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Mi buen amigo —dijo la señora Shelby—, no te puedo dar nada que te sirva. Si te doy dinero, te lo quitarán. Pero te digo solemnemente, ante Dios, que seguiré tu rastro y te traeré de vuelta en cuanto reúna el dinero. Hasta entonces, ¡confÃa en el Señor!
En este momento los niños avisaron que venÃa el señor Haley, y enseguida la puerta se abrió de una patada descortés. Ahà estaba Haley de muy mal humor después de haber pasado la noche anterior a caballo y nada contento del fracaso de sus esfuerzos por capturar a su presa.
—Ven, negro —dijo— ¿estás listo? Su servidor, señora —dijo, quitándose el sombrero al ver a la señora Shelby. La tÃa Chloe cerró y ató la caja y, al levantarse, miró ceñuda al tratante, y sus lágrimas parecieron convertirse en chispas de fuego.
Tom se levantó manso para seguir a su nuevo amo y se puso la pesada caja al hombro. Su mujer cogió a la niña en brazos para acompañarlo al carro, y los niños, llorando aún, fueron a la zaga.