La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Ay, rÃe, rÃe, pobrecita! —dijo la tÃa Chloe— ¡a ti también te llegará la hora! ¡Vivirás para ver cómo te venden al marido, o quizás a ti misma; y estos niños también serán vendidos, supongo, en cuanto valgan para algo; no sé para qué nosotros los negros tengamos nada!
En esto uno de los niños gritó: —¡Que viene el ama!
—Ella no puede hacer nada; ¿para qué viene? —dijo la tÃa Chloe.
Entró la señora Shelby. La tÃa Chloe le puso una silla con unos modales claramente rudos y ásperos. Aquélla no pareció darse cuenta ni de la acción ni de los modales. Estaba pálida y ansiosa.
—Tom —dijo—, he venido para… —y deteniéndose de pronto y mirando al grupo silencioso, se sentó en la silla y, tapándose la cara con un pañuelo, rompió a llorar.
—¡Señor, señor, no llore usted, ama! —dijo la tÃa Chloe, rompiendo a llorar también; durante unos momentos todos lloraron al unÃsono. Y en esas lágrimas derramadas en compañÃa, los importantes y los humildes juntos, se disolvieron todas las penas y la ira de los oprimidos. Ay, vosotros que visitáis a los afligidos, sabed que todo lo que puede comprar vuestro dinero, donado con la mirada frÃa y distante, no vale lo que una sola lágrima derramada sinceramente.