La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Ahora —dijo la tÃa Chloe, trajinando alrededor después del desayuno—, debo prepararte la ropa. Lo más probable es que él se la quede toda. Los conozco bien: ¡mezquinos y tacaños todos! Bien, la camisa de franela para el reuma está en este rincón; asà que cuÃdala, porque nadie te va a hacer otra. Y ahà están tus camisas viejas y aquà las nuevas. Te arreglé los calcetines anoche y te pongo el huevo de zurcir, aunque, Señor, ¿quién te los va a zurcir en el futuro? —y la tÃa Chloe, sucumbiendo una vez más, apoyó la cabeza en la caja y lloró—. ¡Cuando pienso que nadie te va a cuidar, sano o enfermo! ¡Creo que no es necesario que me porte bien, después de todo!
Los niños, después de comerse todo lo que habÃa encima de la mesa del desayuno, comenzaron a pensar en la situación y, viendo llorar a su madre y a su padre poner cara de tristeza, se pusieron a lloriquear y se llevaron las manos a los ojos. El tÃo Tom tenÃa a la niña en el regazo, donde se divertÃa de lo lindo, rascándole la cara y tirándole del pelo, de vez en cuando estallando en ruidosas manifestaciones de gozo, que evidentemente surgÃan de sus reflexiones más Ãntimas.