La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Señor Wilson, ha demostrado ser un cristiano por su forma de tratarme; quiero pedirle una última prueba de su bondad cristiana.

—¿Sí, George?

—Bien, señor, lo que ha dicho es verdad. Sí corro un gran riesgo. No hay sobre la tierra un alma a quien le importe que yo muera —añadió, respirando fuertemente y hablando con gran dificultad— me echarán a patadas y me enterrarán como un perro y nadie se acordará al día siguiente, ¡salvo mi pobre esposa! ¡Pobrecita!, llorará y penará. Si usted pudiera hacerle llegar este pequeño alfiler, señor Wilson, se lo agradeceré. Me lo regaló ella unas Navidades, ¡pobrecita! Déselo y dígale que la amaba hasta el final. ¿Quiere usted hacerlo? —añadió muy serio.

—¡Por supuesto, pobre hombre! —dijo el anciano caballero, cogiendo el alfiler con los ojos acuosos y la voz temblorosa y melancólica.

—Dígale una cosa —dijo George—; es mi último deseo, si puede llegar al Canadá, que vaya allí. No importa lo amable que sea su ama, no importa cuánto ama su hogar, suplíquele que no vuelva, porque la esclavitud siempre acaba en tragedia. Dígale que eduque a nuestro hijo como hombre libre para que no sufra como he sufrido yo. Dígale esto, señor Wilson, ¿quiere?


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