La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —SÃ, George, se lo diré; pero confÃo en que no mueras; anÃmate, eres un tipo valiente. ConfÃa en el Señor, George. Quisiera con toda mi alma que estuvieras a salvo.
—¿Existe un Dios en quien confiar? —preguntó George, con semejante tono de amarga desesperación que detuvo las palabras del anciano caballero—. Ay, he visto cosas en mi vida que me han hecho sentir que no puede haber un Dios. Ustedes los cristianos no saben cómo vemos nosotros estas cosas. Existe Dios para ustedes, pero ¿existe Dios para nosotros?
—Ay, no digas eso, muchacho —dijo el anciano, casi sollozando mientras hablaba—; ¡no sientas esas cosas! Existe, existe; está oculto por nubes y tinieblas, pero la rectitud y el juicio señalan su morada. Existe un Dios, George, créelo; confÃa en Él y estoy seguro de que Él te ayudará. Se hará justicia, si no en esta vida, en la próxima.
La auténtica piedad y la bondad del sencillo anciano le confirieron a sus palabras dignidad y autoridad. George dejó de caminar de un lado de la habitación al otro y se quedó parado un momento y después dijo:
—Gracias por decir eso, mi buen amigo. Pensaré en ello.