La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Albaceas.
Debo ver esto —dijo a Tom, a falta de otra persona a quien dirigirse—. Verás, voy a juntar una cuadrilla de primera para llevarla al sur contigo, Tom; asà será agradable y sociable, ya sabes, la buena compañÃa. Lo primero de todo, debemos ir directamente a Washington y te meteré en la cárcel mientras me ocupo de estos negocios.
Tom acogió con mansedumbre esta noticia encantadora, preguntándose solamente cuántos de estos hombres condenados tendrÃan mujeres e hijos, y si se sentirÃan tan mal como él por separarse de ellos. Hay que confesar, además, que la información inocente y espontánea de que lo iban a meter en la cárcel de ninguna manera produjo una impresión agradable en un hombre que siempre habÃa hecho gala de un modo de vida estrictamente honrado y correcto. SÃ, debemos reconocerlo, Tom estaba bastante orgulloso de su honradez, el pobre, al no tener muchas más cosas de que enorgullecerse; si hubiese pertenecido a una clase social más alta, quizás nunca se hubiera visto reducido a semejante tesitura. Sin embargo, el dÃa se fue pasando y por la tarde Tom y el señor Haley estaban cómodamente instalados en Washington, uno en una taberna y el otro en la cárcel.