La Cabaña del tío Tom

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A las once del día siguiente, se había reunido alrededor de la escalera de los tribunales un gentío abigarrado, fumando, mascando, escupiendo, maldiciendo y conversando, cada uno según sus gustos e inclinaciones, esperando que diera comienzo la subasta. Los hombres y mujeres que se iban a vender estaban sentados aparte y se hablaban con voz queda. La mujer anunciada bajo el nombre de Hagar era una verdadera africana de tipo y facciones. Debía de tener unos sesenta años, pero aparentaba más por culpa del trabajo y la enfermedad, estaba casi ciega y algo incapacitada por el reumatismo. A su lado se encontraba Albert, el único hijo que le quedaba, un muchachote de aspecto despierto de unos catorce años. Era el único superviviente de una gran familia que se había ido vendiendo poco a poco en el mercado del sur. La madre se agarraba a él con las dos manos temblorosas y miraba con gran perturbación a todos los que se acercaban a examinarlo.

—No temas, tía Hagar —dijo el mayor de los hombres—, hablé con el señor Thomas y me dijo que a lo mejor conseguiría venderos en el mismo lote a los dos.

—Que no digan que yo estoy acabada —dijo ella, alzando las manos temblorosas—. Puedo guisar todavía y frotar y fregar; vale la pena comprarme, si me venden barata, tú díselo, díselo —añadió con convicción.


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