La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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En ese momento, Haley se abrió paso entre el grupo, se aproximó al viejo y le abrió bruscamente la boca para mirarla por dentro, le tocó los dientes, le hizo erguirse y doblarse y contorsionarse para mostrar los músculos; luego pasó al siguiente y le hizo pasar las mismas pruebas. Acercándose finalmente al muchacho, le tocó los brazos, le enderezó las manos, le escudriñó los dedos y le hizo saltar para mostrar su agilidad.

—No lo van a vender sin mí —dijo la anciana con apasionado énfasis—; él y yo vamos en el mismo lote; yo estoy muy fuerte todavía, amo, y puedo hacer mucho trabajo, muchísimo, amo.

—¿En una plantación? —preguntó Haley con una mirada de desprecio—. ¡Sí, sí! —y con aspecto de estar satisfecho de su examen, se alejó y se quedó mirando con las manos en los bolsillos, el cigarro en la boca y el sombrero ladeado en la cabeza, preparado para actuar.

—¿Qué opina usted de ellos? —preguntó un hombre que había observado el examen de Haley como si quisiera saber su opinión para decidir él mismo.

—Bien —dijo Haley, escupiendo—, creo que pujaré por los más jóvenes y el muchacho.

—Quieren vender al muchacho y a la mujer juntos —dijo el hombre.

—Les va a ser difícil; ella no es más que un saco de huesos. No vale ni la sal que come.


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