La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿No la quiere, entonces? —preguntó el hombre.
—SerÃa tonto quien la quisiera. Está medio ciega y tullida de reuma, y tonta, además.
—Algunos compran a estos viejos y dicen que sirven para más de lo que se creerÃa uno —dijo reflexivamente el hombre.
—Pues, yo no —dijo Haley—; no me la quedarÃa aunque me la regalasen, esa es la verdad, ¡la he visto!
—Pues es una lástima no comprarla con el hijo. Parece que ella se ha empeñado en eso, asà que supongo que la dan barata.
—Los que tengan dinero para gastar asÃ, mejor para ellos. Yo pujaré por el muchacho como bracero de plantación. Ella no me interesa; no me la quedarÃa ni regalada —dijo Haley.
—¡La que va a armar! —dijo el hombre.
—Supongo que es inevitable —dijo el tratante con frialdad.
Aquà un repentino murmullo entre el público interrumpió la conversación y el subastador, un tipo bajo, enérgico y ufano se abrió paso a codazos entre la multitud. La vieja contuvo la respiración y se agarró instintivamente a su hijo.
—Quédate cerca de tu mamá, Albert, cerca, para que nos pongan juntos —dijo.
—¡Ay, mamá, me temo que no! —dijo el muchacho.