La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—¡Confía en el Señor, tía Hagar! —dijo el mayor de los hombres tristemente.

—¿Para qué sirve? —preguntó, sollozando apasionadamente.

—¡Madre, madre, no llores! —dijo el muchacho—. Dicen que tienes un buen amo.

—No me importa, no me importa. ¡Ay, Albert, hijo, eres mi último hijo! Señor, ¿cómo voy a soportarlo?

—Vamos, lleváosla, algunos de vosotros —dijo Haley secamente—. No le hace ningún bien lamentarse de esta manera.

Los mayores del grupo, en parte por gusto y en parte a la fuerza, soltaron las manos de la anciana e intentaron consolarla mientras la acompañaban al carro de su nuevo amo.

—¡Vamos! —dijo Haley, juntando a empujones a los tres esclavos que había comprado y sacando un manojo de esposas, que procedió a colocarles en las muñecas. Después sujetó las esposas a una larga cadena y los condujo a la cárcel.

Unos días después, Haley se encontraba instalado a salvo con sus pertenencias en uno de los barcos del río Ohio. Tenía los principios de su cuadrilla, que se iría aumentando, según iba avanzando el barco, con otras mercancías de la misma especie, almacenadas por él o su agente en varios puntos a lo largo de la orilla.


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