La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Pues entonces todos compraremos negros —dijo el hombre— si es lo que quiere la Providencia, ¿verdad, caballero? —dijo, volviéndose hacia Haley, que estaba de pie junto a la estufa con las manos en los bolsillos, escuchando la conversación con interés.
—Sà —prosiguió el hombre alto—, todos debemos resignamos a los mandatos de la Providencia. Hay que vender a los negros, llevarlos de un lado para otro y someterlos; para eso los han hecho. Parece ser que esta opinión le conviene, ¿verdad, forastero? —dijo a Haley.
—Nunca lo habÃa pensado —dijo Haley—. Yo no lo hubiese dicho, pues no soy instruido. Me metà en el negocio sólo para ganarme la vida; si no está bien, pensaba arrepentirme con el tiempo, ¿comprende usted?
—Y ahora no tiene por qué molestarse, ¿eh? —dijo el hombre alto—. Ya ve usted lo útil que es conocer las Sagradas Escrituras. Si hubiera estudiado la Biblia, como este buen hombre, lo habrÃa sabido antes y se habrÃa ahorrado muchas molestias. PodrÃa decir simplemente: «Maldito… ¿cómo se llama?», y todo hubiera estado bien y el forastero, que no era otro que el honrado ganadero que presentamos a nuestros lectores en la taberna de Kentucky, se sentó y se puso a fumar con una extraña sonrisa en su rostro largo y enjuto.