La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Desde luego, señora, no puede saber usted nada de ellos si habla de esa forma —contestó la primera con indignación—. Yo nacà y me crié entre ellos. Sé que sienten igual de profundamente, o quizás incluso más, que nosotros.
La dama respondió: —¿De veras? —bostezó, miró por la ventana del camarote y finalmente repitió, como broche de oro, el comentario con el que habÃa empezado—: Después de todo, creo que están mejor que si estuvieran libres.
—No hay duda de que la Providencia dispone que los de la raza africana sean sirvientes, que se mantengan en baja condición —dijo un caballero de aspecto serio vestido de negro, un clérigo, sentado junto a la puerta del camarote— «¡Maldito sea Canaán! ¡Siervo de siervos sea para tus hermanos![18]», dicen las Sagradas Escrituras.
—Vaya, forastero, ¿es eso lo que significa ese texto? —preguntó un hombre alto, que se encontraba de pie cerca.
—Sin duda. La Providencia quiso, por algún motivo inescrutable, condenar a esa raza a la esclavitud hace muchÃsimo tiempo; nosotros no debemos oponernos.