La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Pues hay mucho que decir a favor y en contra del tema —dijo una mujer refinada, que estaba sentada cosiendo a la puerta de su camarote mientras sus hijos jugaban cerca—. Yo he estado en el Sur, y he de decir que creo que los negros están mejor que si estuvieran libres.
—En algunos aspectos algunos de ellos están bien, se lo concedo —dijo la señora a quien habÃa contestado la anterior—. Lo más terrible de la esclavitud, a mi modo de ver, son los ultrajes cometidos contra los sentimientos y los afectos, como separar a las familias, por ejemplo.
—Ése es un mal asunto, desde luego —dijo la otra señora, levantando un vestido de bebé que acababa de terminar y examinando con atención los perifollos—, pero me imagino que no ocurre con frecuencia.
—Ya lo creo que sà —dijo la primera con impaciencia—; he vivido muchos años en Kentucky y Virginia y he visto lo bastante para asquear a cualquiera. ¿Qué sentirÃa, señora, si se llevaran a sus dos hijos para venderlos?
—No podemos comparar nuestros sentimientos con los de esa clase de personas —dijo la otra señora, ordenando en su regazo unas prendas de estambre.