La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Haley se aproximó reflexivamente al otro extremo del barco.
«Si gano un buen pico con el próximo par de cuadrillas», pensó, «creo que acabaré con esto; se está haciendo peligroso». Y sacó la libreta y empezó a hacer cuentas, procedimiento que para muchos caballeros además del señor Haley ha resultado ser un buen remedio para una conciencia intranquila.
El barco se alejó majestuosamente de la orilla y todas las cosas continuaron alegremente, igual que antes. Los hombres charlaban, holgazaneaban, leían y fumaban. Las mujeres cosían, los niños jugaban y el barco seguía su camino.
Un día, cuando el barco estaba atracado un rato en un pequeño pueblo de Kentucky, Haley se acercó a éste por un asunto de negocios.
Tom, cuyos grilletes no impedían que diera un modesto paseo, se había aproximado a la borda del barco y estaba mirando apático por encima de la barandilla. Un rato después, vio volver al tratante a paso ligero, acompañado de una mujer negra con un niño pequeño en brazos. Vestía de forma respetable y la iba siguiendo un hombre negro, portando un pequeño baúl. La mujer avanzaba alegremente, hablando con el hombre que llevaba su baúl, y de esta manera subió la plancha hasta el barco. Sonó la campana, la rueda zumbó, la máquina gruñó y tosió y el barco se fue río abajo.