La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Pero la mujer no gritó. El disparo le había alcanzado demasiado de lleno el corazón para dejar lugar a lágrimas o gritos. Mareada, se sentó. Las manos yacían sin vida a los lados del cuerpo. Los ojos miraban directamente al frente, pero no veían nada. En los oídos consternados se entremezclaban todos los ruidos: el ronroneo del barco y los gruñidos de las máquinas; su pobre corazón destrozado no tenía ni gritos ni lágrimas para mostrar su total desesperación. Estaba muy tranquila.

El tratante que, teniendo en cuenta sus ventajas, era casi tan humanitario como algunos de nuestros políticos, parecía sentirse en la obligación de brindarle el consuelo adecuado a la ocasión.

—Sé que es bastante difícil al principio, Lucy —dijo—, pero no va a dejarse llevar una muchacha tan lista y sensata como tú. Verás, es necesario; no se puede evitar.

—¡Ay, no, señor, no! —dijo la mujer, con la voz de una persona que se está ahogando.

—Eres una moza lista, Lucy —insistió—; yo te trataré bien y te conseguiré un buen puesto río abajo; y pronto tendrás otro marido, una chica tan guapa como tú…


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