La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Tom se acercó e intentó decir algo; pero ella sólo gimió. Con las lágrimas cayéndole por las mejillas, le habló sinceramente de un corazón amante en el cielo, de Jesús misericordioso y del hogar eterno, pero el oÃdo de ella estaba sordo y su corazón paralizado por la angustia.
Cayó la noche, una noche tranquila, impasible y gloriosa, que brillaba con innumerables ojitos solemnes de ángel, que parpadeaban, bellos, en silencio. No llegaban discursos ni palabras, ninguna voz compasiva, ninguna mano amiga, desde ese cielo remoto. Una tras otra se fueron apagando las voces de los negocios y del placer; todos dormÃan en el barco, y se oÃan claramente las olas contra la proa. Tom se extendió sobre una caja y, tumbado allÃ, oyó una y otra vez, un sollozo o un lamento de la criatura doliente: «¡Ay de mÃ! ¿Qué voy a hacer? ¡Ay, Señor, buen Señor, ayúdame!», y asà sucesivamente, una y otra vez hasta que se apagó el murmullo y se hizo el silencio.
En mitad de la noche se despertó Tom sobresaltado. Algo negro pasó rápidamente por su lado hasta la borda del barco y oyó caer algo al agua. Nadie más oyó ni vio nada. Levantó la cabeza… ¡el lugar de la mujer estaba vacÃo! Se levantó y buscó alrededor sin éxito. El pobre corazón sangrante descansaba por fin y el rÃo ondulaba y helaba inocentemente como si no se hubiese tragado nada.