La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom «Lo está tomando bastante mal», monologó, «aunque está tranquila. Que sude un poco; lo superará dentro de un rato». Tom había observado toda la transacción de principio a fin y comprendía perfectamente los resultados. Le pareció una cosa indeciblemente terrible y cruel porque, pobre negro ignorante que era, no había aprendido a generalizar y tener visiones globales de las cosas. Si lo hubieran instruido ciertos ministros del cristianismo, quizás lo hubiera visto de otra manera, como un incidente cotidiano del comercio legítimo, un comercio que es el pilar vital de una institución que, nos dice un clérigo norteamericano, «no tiene más maldad que la inherente a cualquier relación humana de la vida social y doméstica[19]». Pero siendo Tom, como vemos, un pobre tipo ignorante cuyas lecturas se limitaban al Nuevo Testamento, no sabía consolarse y resignarse con ese tipo de opiniones. Su alma sangraba por lo que le parecían las injusticias hacia la pobre criatura doliente que yacía como un junco aplastado sobre las cajas: ese objeto vivo, sangrante, sensible e inmortal que pertenece, según las leyes de los Estados Unidos, a la misma categoría que los fardos, los baúles y las cajas entre los que estaba echada.