La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Una escena tranquila se alza ante nuestros ojos. Una cocina grande, espaciosa y bien pintada con el suelo liso y reluciente, sin una partícula de polvo, y un fogón limpio y bien ennegrecido; hileras de cacerolas de estaño, sugerentes de multitud de cosas buenas para el apetito; brillantes sillas verdes de madera, viejas y sólidas; una pequeña mecedora de asiento abatible, con un cojín de retazos encima, cuidadosamente realizado con retales de lana de diferentes colores, y una más grande, vieja y maternal, cuyos brazos extendidos invitaban hospitalariamente a sentarse, y unos mullidos almohadones de plumas secundaban la invitación: una mecedora realmente confortable y acogedora que valía más, por la comodidad sencilla y hogareña de la que alardeaba, que una docena de los elegantes sillones de salón de terciopelo o brocado; y en esta mecedora, balanceándose suavemente hacia adelante y hacia atrás, con los ojos fijos en una fina labor de costura, se encontraba nuestra buena amiga Eliza. Sí, ahí está, más pálida y delgada que cuando estaba en su casa de Kentucky, y con un mundo de penas reprimido bajo la sombra de sus largas pestañas y esbozando el contorno de su tierna boca. Se veía claramente que la disciplina del pesado dolor había envejecido y endurecido el corazón juvenil; y cuando al rato levantó los oscuros ojos para seguir los retozos del pequeño Harry, que correteaba de aquí para allá por todo el suelo como una mariposa tropical, se veían una firmeza y una resolución profundas que no estaban allí en los días más felices de antaño.


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