La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Junto a ella se encontraba sentada una mujer con una reluciente palangana de hojalata en el regazo, en la que iba clasificando melocotones secos. Podía tener unos cincuenta y cinco o sesenta años, pero tenía uno de aquellos rostros que el tiempo parece tocar sólo para adornarlos y embellecerlos. El níveo gorro de crespón, cortado según el severo patrón cuáquero, el sencillo pañuelo de muselina dispuesto en sobrios pliegues sobre el pecho, el chal y el vestido poco atractivos: todo delataba a qué comunidad pertenecía. Su cara era redonda y rosada, con saludable piel suave que hacía pensar en un melocotón maduro. Su cabello, plateado parcialmente por los años, estaba peinado hacia atrás desde la frente alta y serena donde el tiempo no había impreso otro mensaje que paz sobre la tierra y buena voluntad para con los hombres; debajo brillaban un par de grandes ojos claros, honestos y amables de color castaño; sólo había que mirar en ellos para tener la sensación de ver hasta el fondo de un corazón tan bueno y leal como jamás latiera en un pecho de mujer. Se ha alabado y cantado tanto la hermosura de las muchachas jóvenes, ¿por qué no ensalza alguien la belleza de las mujeres mayores? Si alguien quiere inspiración para este menester, le remitimos a nuestra buena amiga Rachel Halliday, que está ahí sentada en su pequeña mecedora. Tenía tendencia a crujir y chirriar esa mecedora o bien por haber cogido frío en sus años mozos o por padecer asma o, quizás, por alguna dolencia de los nervios; pero al balancearse hacia adelante y hacia atrás con suavidad, la mecedora emitía una especie de sonsonete que hubiera sido insoportable si lo hubiese producido cualquier otra silla. Pero el viejo Simeon Halliday a menudo declaraba que le gustaba tanto como cualquier música y los hijos juraban todos que no quisieran dejar de oír la mecedora de su madre por nada del mundo. ¿Por qué? Durante unos veinte años, no había emanado de esa mecedora nada que no fueran palabras afectuosas, tiernas regañinas y atenciones maternales; se habían curado allí innumerables dolores de cabeza y de corazón; se habían resuelto problemas espirituales y temporales y todo era obra de una buena mujer cariñosa, ¡que Dios la bendiga!


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