La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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La mañana siguiente fue una mañana alegre en casa de los cuáqueros. La «madre» se había levantado temprano y estaba rodeada de hacendosos muchachos y muchachas a los que no tuvimos tiempo de presentar a los lectores ayer, y que se movían todos obedientes a los dulces «haz» o, mejor dicho, «¿quieres hacer?» de Rachel, ocupados en preparar el desayuno; pues el desayuno, en los frondosos valles de Indiana, es una cosa complicada y multiforme y, como la recogida de los pétalos de rosa y el podado de los arbustos del Paraíso, necesita de otras manos que no sean las de la madre original. Por lo tanto, mientras John iba al manantial a por agua fresca y Simeon hijo tamizaba la harina de maíz para las tortas y Mary molía café, Rachel se movía suave y silenciosamente por todas partes haciendo galletas, cortando pollo e irradiando una especie de luz de sol sobre todos los preparativos. Si existía peligro de fricción o choque por el celo mal controlado de tantos jóvenes trabajadores, sus tiernos «vamos» o «yo no lo haría» eran suficientes para mitigar la dificultad. Los bardos han escrito sobre el cesto de Venus, que volvió loco a todo el mundo durante varias generaciones. Aquí teníamos, en su lugar, el cesto de Rachel Halliday, que evitaba que la gente se volviese loca y hacía que las cosas transcurriesen con armonía. Creemos que éste va mejor para los tiempos modernos, desde luego.


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