La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Mientras seguían los demás preparativos, Simeon padre estaba de pie en un rincón en mangas de camisa ante un pequeño espejo, ocupado en la tarea antipatriarcal de afeitarse. Todo se desarrollaba con tanta sociabilidad, tranquilidad y armonía en la gran cocina, parecía que todo el mundo estaba tan encantado de hacer exactamente lo que hacía y había tal ambiente de confianza mutua y camaradería por todas partes (incluso los cuchillos y los tenedores contribuían a la charla social al colocarse en la mesa, mientras que el pollo y el jamón emitían un chisporroteo alegre y contento en la sartén, como si les gustase ser fritos) que, cuando salieron George y Eliza con el pequeño Harry, ante semejante recibimiento de sincera bienvenida, no es de extrañar que les pareciese un sueño.
Por fin estaban todos sentados alrededor de la mesa del desayuno, mientras Mary estaba de pie en la estufa preparando hojuelas que, según adquirían el exacto tinte dorado de la perfección, eran trasladadas con destreza a la mesa.
Rachel nunca parecía más benignamente feliz que cuando se hallaba presidiendo la mesa. Había tanto de maternal y de generoso incluso en su forma de pasar un plato de pasteles o servir una taza de café, que parecía infundir de espíritu la comida y la bebida que ofrecía.