La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom ¿Es de extrañar, entonces, que caigan algunas lágrimas sobre las páginas de su Biblia cuando la apoya en una bala de algodón y traza sus promesas siguiendo con un dedo vacilante, una a una, las palabras? Como aprendió de mayor, Tom leía despacio y pasaba trabajosamente de un versículo al siguiente. Tenía la suerte de que el libro que leía no podía estropearse por una lectura pausada, sino que sus palabras, como lingotes de oro, parecían necesitar pesarse por separado para que la mente aprehendiese su incalculable valor. Observémoslo un momento mientras lee, señalando cada palabra y pronunciándola con voz baja:
«Que… no… se… agite… tu… corazón. En… la… casa… de… mi… Padre… hay… muchas… mansiones. Voy… a… preparar… un… sitio… para… ti».