La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Su cuerpo poseía la perfección de la belleza infantil, sin la gordura y solidez habituales. Tenía la gracia liviana y etérea que se podría atribuir a un ser mítico y alegórico. Su rostro llamaba la atención menos por su hermosa perfección de facciones que por la sinceridad singular y soñadora de su expresión, que sorprendía a los idealistas cuando la contemplaban y que impresionaba incluso a los más lerdos sin que supieran muy bien por qué. La forma de la cabeza y el contorno del cuello y del busto eran especialmente nobles y la larga melena dorada que flotaba como una nube alrededor, la seriedad profundamente espiritual de sus ojos azul violeta, sombreados por tupidas pestañas de color castaño claro: todo ello la distinguía de los demás niños y hacía que todo el mundo volviera la cabeza para verla cuando se deslizaba de un lado del barco al otro. Sin embargo, la pequeña no era lo que podría llamarse una niña seria o triste. Al contrario, un aire inocente y juguetón parecía revolotear alrededor de su rostro infantil y su cuerpo ágil como la sombra de las hojas en verano. Siempre estaba moviéndose, con una sonrisa dibujada a medias en su boca rosada, correteando de aquí para allá con unos pasos ligeros y ondulantes, canturreando para sí como si estuviese soñando. Su padre y su cuidadora estaban incesantemente ocupados persiguiéndola; pero cuando la cogían, se esfumaba de nuevo como una nube veraniega; y como, hiciera lo que hiciese, no recibía una palabra de reproche, hacía lo que le placía por todo el barco. Siempre vestida de blanco, parecía deslizarse como una sombra por todo tipo de lugares sin mancharse lo más mínimo; y no había rincón donde no hubiesen pisado sus pies de hada ni recoveco que no hubiese sido visitado por la cabecita dorada con sus ojos de azul profundo.


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