La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Cuando levantaba los ojos de su ardua tarea, el fogonero a veces veía esos ojos dirigidos con fascinación hacia las profundidades rugientes de la caldera y después, con horror y lástima, hacia él, como si creyera que estaba en terrible peligro. Después el timonel se paraba y sonreía al ver asomarse la bella cabeza en la ventana de la sala de máquinas, para desaparecer un momento más tarde. Mil veces al día la bendecían rudas voces, y sonrisas de una dulzura inusitada cruzaban ásperos rostros a su paso; y cuando pasaba sin miedo por lugares peligrosos, manos rugosas y sucias se extendían involuntariamente para allanarle el camino.
Tom, que tenía la naturaleza dulce y impresionable de su bondadosa raza que se inclina siempre hacia lo puro y lo sencillo, observaba a la pequeña con un interés que crecía día a día. Le parecía una cosa casi divina; y cuando se asomaban la cabeza dorada y los ojos azules desde detrás de alguna oscura bala de algodón o lo miraba por encima de una colina de paquetes, casi creía que veía a un ángel surgido de su Nuevo Testamento.