La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Muchas veces se paseaba ella con tristeza por los lugares donde estaban encadenados los hombres y mujeres de la cuadrilla de Haley. Se deslizaba entre ellos, mirándolos con un aire de perplejidad y pena; a veces levantaba las cadenas con sus finas manos y suspiraba melancólicamente mientras se alejaba. Varias veces apareció de repente ante ellos con las manos llenas de caramelos, frutos secos y naranjas, que repartía alegremente entre ellos antes de desaparecer de nuevo.
Tom había observado mucho a la pequeña dama antes de cualquier intento de hacer amistad. Conocía infinidad de pequeños actos que propiciaban e invitaban a la gente menuda a acercarse, y decidió desempeñar con mucha habilidad su papel. Sabía tallar cestitas con huesos de cereza, sabía dibujar caras grotescas sobre las nueces de pacana y fabricar extrañas figuras móviles con pulpa de saúco y era un verdadero Pan a la hora de modelar silbatos de todos los tamaños y formas. Llevaba los bolsillos llenos de toda suerte de objetos atractivos, que había juntado en tiempos pasados para los hijos de su amo y que sacó ahora, uno por uno, con loable parsimonia y lentitud, como invitaciones a la amistad.