La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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La pequeña era tímida, a pesar de su vivo interés por todo lo que ocurría a su alrededor, y no era fácil de domar. Durante algún tiempo, solía posarse como un canario sobre alguna caja o algún paquete cerca de donde Tom se entretenía con las artimañas antes descritas, y, con una especie de vergüenza y seriedad, coger los artículos que le ofrecía. Pero finalmente se hicieron bastante amigos.

—¿Cómo se llama la señorita? —preguntó Tom por fin, cuando creyó que era el momento de hacer tales indagaciones.

—Evangeline St. Clare —dijo la pequeña— aunque papá y mamá y todo el mundo me llaman Eva. ¿Y cómo te llamas tú?

—Me llamo Tom; los niños me llamaban tío Tom, allá en Kentucky.

—Entonces yo también pienso llamarte tío Tom porque, verás, me caes bien —dijo Eva—. Así, pues, tío Tom, ¿adónde te diriges?

—No lo sé, señorita Eva.

—¿Que no lo sabes? —preguntó Eva.

—No; me van a vender a alguien. No sé a quién.

—Mi padre puede comprarte —dijo Eva enseguida—; y si él te compra, lo pasaremos muy bien. Se lo voy a decir hoy mismo.

—Gracias, mi pequeña dama —dijo Tom.


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