La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Todas las virtudes morales y cristianas encuadernadas en tafilete negro! —dijo cuando terminó Haley—. Entonces, mi buen hombre, ¿cuánto he de soltar, como dicen en Kentucky? En otras palabras, ¿cuánto hay que pagar por este asunto? ¿Cuánto dinero me va a timar usted? DÃgamelo.
—Bien —dijo Haley—, si dijera mil trescientos por este tipo, sólo cubro las pérdidas, y ésa es la pura verdad.
—¡Pobre! —dijo el joven, mirándolo con ojos burlones—; pero supongo que me lo dará por esa cantidad por el aprecio que me tiene, ¿eh?
—Pues, la damita parece estar empeñada en ello, y es natural.
—Oh, desde luego, ése es el motivo de su benevolencia, amigo mÃo. Ahora bien, como cuestión de caridad cristiana, ¿cuál es el precio más barato por el que está dispuesto a darlo, para hacerle un favor a una jovencita que está prendada de él?