La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Bromea usted.

—¿Cómo lo sabe? ¿No acaba usted de afirmar que él es predicador? ¿Ha pasado el examen del sínodo o del concilio, acaso? Vamos, muéstreme los papeles.

Si el tratante no hubiera estado convencido, gracias a un guiño de buen humor en los grandes ojos, de que todas estas chanzas resultarían ser, a la larga, cuestión de dinero, puede que se hubiese impacientado un poco. Pero dadas las circunstancias, apoyó una cartera grasienta sobre las balas de algodón y se puso a estudiar ansiosamente algunos papeles que sacó de ella, mientras el joven se quedó de pie junto a él, mirándolo con un aire de suelta y desenfadada jocosidad.

—¡Cómpralo, papá, no importa cuánto pagues! —susurró Eva dulcemente, encaramándose en una caja y rodeando el cuello de su padre con los brazos—. Sé que tienes bastante dinero, y lo quiero.

—¿Para qué, gatita? ¿Vas a usarlo como cascabel o como caballo de balancín o qué?

—Quiero hacerle feliz.

—Desde luego es un motivo original.

En este punto el tratante le tendió un certificado, firmado por el señor Shelby, que cogió el joven con la punta de sus largos dedos y miró despreocupado por encima.


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