La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Durante la infancia, lo caracterizaba una marcada y exagerada sensibilidad de carácter, más propia de la ternura de una mujer que de la dureza habitual en su mismo sexo. El tiempo, sin embargo, cubrió esta ternura con la dura corteza de la hombría, y sólo unos pocos sabían que aún yacía latente y viva en su interior. Sus talentos eran de primera clase, aunque su mente se inclinara siempre hacia lo ideal y lo estético y tenía esa repugnancia por las crudas realidades de la vida que es el resultado habitual de esta tendencia de las facultades. Poco después de completar sus estudios universitarios, toda su naturaleza se concentró en la efervescencia intensa y ardorosa de una pasión romántica. Llegó su hora, esa hora que llega sólo una vez; salió su estrella, esa estrella que sale muchas veces en vano, para que se recuerde sólo como algo quimérico; y para él salió en vano. Para dejar a un lado las metáforas, conoció y se enamoró de una mujer noble y bella, de uno de los estados del norte, y se prometieron. Regresó al sur para hacer los preparativos de la boda y, de repente, le devolvieron por correo sus cartas, con una breve nota del tutor de la dama, informándole de que, antes de recibirla, ella ya se habría casado con otro. Incitado a la locura, esperó en vano, como otros muchos han esperado, desterrarla de su corazón con un esfuerzo sobrehumano. Demasiado orgulloso para suplicar o pedir explicaciones, se lanzó a la vorágine de la sociedad de moda y, quince días después de que recibiese la carta fatal, ya era el pretendiente formal de la belleza oficial de la temporada; y en cuanto se pudieron completar los trámites, se convirtió en el marido de un bello cuerpo, un par de brillantes ojos negros y cien mil dólares; y, naturalmente, todo el mundo lo consideró un tipo afortunado.


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