La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Cuando encontraron a Augustine tumbado en el sofá, pálido como la muerte, y dijo que la causa de su aflicción era un dolor de cabeza, ella le recomendó que oliese amoníaco; y cuando la palidez y el dolor de cabeza persistieron semana tras semana, sólo dijo que no había creído que el señor St. Clare fuera delicado; pero parece ser que era muy propenso a las jaquecas, y que era muy mala suerte para ella, porque a él no le apetecía salir con ella y parecía raro que saliese ella sola cuando hacía tan poco que se habían casado. En el fondo se alegraba Augustine de haberse casado con una mujer tan poco perspicaz; pero cuando desaparecieron el lustre y las cortesías de la luna de miel, descubrió que una bella joven que ha vivido toda su vida para que la mimaran y sirvieran los demás podría resultar ser un ama de casa difícil. Marie nunca había poseído gran capacidad de cariño ni mucha sensibilidad y lo poco que poseía se había trocado en un egoísmo muy fuerte e inconsciente, un egoísmo absolutamente irremediable por su estupidez y su ignorancia de cualquier necesidad que no fuera la propia. Desde la infancia había vivido rodeada de criados cuya única misión era hacer realidad sus caprichos; nunca se le había ocurrido, ni remotamente, que ellos pudieran tener derechos o sentimientos. Su padre, de quien era hija única, jamás le había negado nada que fuera humanamente posible concederle; y cuando llegó a la vida adulta, una heredera bella e instruida, tenía a todos los buenos partidos y a los menos buenos rendidos a sus pies, y no dudaba que Augustine era un hombre afortunado por haberla conseguido. Es un gran error suponer que una mujer sin corazón sea fácil de contentar en los asuntos amorosos. No existe sobre la tierra un ser más despiadado a la hora de exigir el cariño de los demás que una mujer totalmente egoísta; y cuanto menos bella se va haciendo, con más celos e intransigencia demanda el amor, hasta la última gota. Por lo tanto, cuando St. Clare empezó a descuidar las galanterías y las pequeñas atenciones que abundaban al principio por la costumbre de la conquista, descubrió que su sultana no estaba nada dispuesta a perder a su esclavo; hubo gran cantidad de lágrimas, pucheros y pequeñas tormentas además de disgustos, suspiros y reproches. St. Clare era generoso y poco dispuesto a sufrir, e intentaba aplacarla con regalos y halagos; y cuando Marie dio a luz una bella hija, sintió realmente despertar dentro de él, durante algún tiempo, algo parecido a la ternura.


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