La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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«He recibido la tuya… demasiado tarde. Creí todo lo que me dijeron. Estaba desesperado. Estoy casado, y todo ha terminado. Sólo te queda olvidar, es lo único que nos queda a los dos».

Así terminó el romance y el ideal de vida para Augustine St. Clare. Pero quedaba lo real, como el barro desnudo, liso y húmedo que queda cuando se retira la ola azul y centelleante, con toda la compañía de barcos deslizantes con sus velas blancas como alas y la música de los remos y las aguas cantarinas: ahí se queda el barro, liso, yermo y viscoso, demasiado real.

Por supuesto en una novela las personas se rompen los corazones y mueren y ahí acaba todo; en un cuento, así es como debe ser. Pero en la vida real no morimos cuando se muere lo único que nos ilumina la vida. Aún tenemos que soportar unas sesiones muy ajetreadas de comer y beber, vestimos, caminar, comprar, vender, hablar, leer y todo lo que configura lo que se suele llamar vivir; a Augustine le quedaba esto aún. Si su esposa hubiera sido una mujer completa, aún podría haber hecho algo —como lo saben hacer las mujeres— para recomponer los hilos rotos de su vida y tejerlos en una tela luminosa. Pero Marie St. Clare ni siquiera se dio cuenta de que se hubiesen roto. Como hemos apuntado antes, era un bello cuerpo, un par de magníficos ojos y cien mil dólares; y ninguno de estos artículos era apto para auxiliar una mente enferma.


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