La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Quien haya viajado por los estados de Nueva Inglaterra recordará en alguna aldea fresca la amplia granja con su corral de césped bien barrido bajo la sombra del tupido follaje de los arces sacarinos; y recordará el aire de orden y quietud, de perpetuidad y reposo inalterables que parece respirar todo el lugar. No falta nada, y nada está estropeado; no hay ni un poste suelto en la valla ni una partícula de papel en el verde jardín, con sus macizos de lila que crecen bajo las ventanas. Dentro recordará habitaciones grandes y limpias, donde parece que nunca se hace ni se va a hacer nada, donde cada objeto está colocado en un lugar definitivo e inmutable y donde todos los acontecimientos domésticos transcurren con la precisión puntual del viejo reloj del rincón. En la «sala de guardar» familiar, como se le llama, recordará la librería formal y respetable con sus puertas de cristal, donde conviven decorosamente la Historia de Rollin, El paraíso perdido de Milton, El progreso del peregrino de Bunyan y la Biblia familiar de Scott con multitud de libros igualmente solemnes y decentes. No hay criados en la casa, sólo la dama con níveo gorro y lentes que se sienta a coser todas las tardes entre sus hijas como si no hubiera hecho ni fuera a hacer nada más; ella y sus hijas, a alguna hora temprana y olvidada del día «hicieron la casa» y durante el resto del tiempo, a todas las horas a las que se las puede ver a ellas, está «hecha». En el viejo suelo de la cocina jamás se ve una mancha de suciedad; las mesas, las sillas y los utensilios de cocinar jamás se ven desordenados o revueltos, aunque se preparan tres o cuatro comidas al día, se realizan la colada y el planchado de la familia, y se producen de alguna forma misteriosa libras y libras de mantequilla y queso.