La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom La señorita Ophelia, como la vemos ahora, está de pie ante nosotros, alta, cuadrada y angulosa, con un reluciente vestido de viaje de lino marrón. Su rostro era delgado, con un perfil un poco afilado; los labios estaban apretados como los de una persona acostumbrada a tener opiniones tajantes sobre todas las materias, mientras que los oscuros ojos agudos tenÃan un peculiar movimiento escrutador, y examinaban todo como si buscaran algo de que hacerse cargo.
Todos sus movimientos eran bruscos, decididos y enérgicos, y, aunque nunca habÃa sido muy habladora, cuando hablaba, sus palabras eran notablemente directas y pertinentes.
En sus costumbres, era el epÃtome del orden, el método y la exactitud. En la puntualidad, era inevitable como un reloj e inexorable como una locomotora; execraba y desdeñaba a cualquiera que no lo fuese.