La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Marido y padre
La señora Shelby se habÃa marchado de visita y Eliza se hallaba en el porche mirando acongojada el carruaje que se alejaba, cuando sintió una mano en el hombro. Se giró y una alegre sonrisa iluminó sus bellos ojos.
—George, ¿eres tú? ¡Qué susto me has dado! Pero me alegro de que hayas venido. La señora se ha ido a pasar la tarde fuera, asà que ven a mi cuarto y podemos pasar un rato a solas.
Al decir esto, tiró de él hacia la puerta de un pequeño cuarto que daba al porche, donde solÃa dedicarse a la costura al alcance de la voz de su ama.
—¡Qué contenta estoy! ¿Por qué no sonrÃes? Mira a Harry, qué grande se está haciendo —el niño miró vergonzoso a su padre a través de los rizos, cogido de la falda de su madre.
—¿No es hermoso? —preguntó Eliza, levantando sus largos rizos para besarlo.
—¡Ojalá no hubiera nacido él! —dijo George con amargura—. ¡Ojalá no hubiera nacido yo!
Sorprendida y asustada, Eliza se sentó, apoyó la cabeza en el hombro de su marido y rompió a llorar.
—Anda, anda, Eliza, no tenÃa derecho a hacerte sentir asÃ, pobrecita —dijo cariñosamente él—; no tenÃa derecho. ¡Ojalá no me hubieras echado la vista encima nunca! Asà hubieras podido ser feliz.