La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom La señorita Ophelia era esclava absoluta del «debería»». Una vez estaba convencida de que «el camino del deber»», como lo solía llamar ella, iba en una dirección determinada, ni el fuego ni el agua podrían apartarla de él. Iría directamente al fondo de un pozo o a la boca de un cañón cargado si estaba segura de que ése era el camino correcto. Su baremo de rectitud era tan alto, tan completo, tan minucioso y hacía tan pocas concesiones a la debilidad humana que, aunque luchaba con heroico ahínco por alcanzarlo, nunca lo conseguía y por supuesto esto hacía que le pesara un sentido constante y a menudo molesto de insuficiencia; daba a su carácter religioso un tinte severo y algo tétrico.
Pero ¿cómo es posible que la señorita Ophelia se lleve bien con Augustine St. Clare: alegre, despreocupado, impuntual, poco práctico y escéptico, quien, en resumen, pisoteaba con una libertad impudente cada una de las costumbres y opiniones más queridas de ella?