La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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El caso es que la señorita Ophelia lo quería. Cuando niño, ella era la encargada de enseñarle el catecismo, remendarle la ropa, peinarle y señalarle en general el camino a seguir; y, como su corazón tenía una zona cálida, Augustine procedió como lo hacía con la mayoría de las personas, acaparando una buena porción para sí, y de esta forma no tuvo dificultad en persuadirle de que el «camino del deber» conducía a Nueva Orleáns, y que debía acompañarle para cuidar de Eva y evitar que todo se echase a perder durante los frecuentes achaques de su esposa. La idea de una casa sin nadie que la gobernara le llegó al alma; además, quería a la preciosa niña, como casi todos los que la conocían; y aunque consideraba a Augustine como un terrible pagano, lo quería, se reía de sus chistes y toleraba sus defectos hasta tal punto que resultaba totalmente increíble a los que la conocían. Pero nuestro lector debe ir descubriendo por conocimiento personal el resto de las cosas que se refieren a la señorita Ophelia.

Allí está, sentada en su camarote, rodeada por una multitud variopinta de bolsas grandes y pequeñas, cajas y cestas, en cada una de las cuales hay un artículo que está ocupada en atar, envolver, empaquetar o cerrar con una expresión muy seria.



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