La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Bien, Eva, ¿llevas la cuenta de tus cosas? Por supuesto que no: los niños nunca os fijáis; ahà está la bolsa de lunares y la sombrerera con tu mejor sombrero: son dos; con la bolsa de caucho, son tres; y mi caja de costura, cuatro; mi sombrerera, cinco; mi caja de cuellos, seis; y ese baúl pequeño, siete. ¿Qué has hecho de tu sombrilla? Dámelo para que lo envuelva y lo ataré con mi paraguas y mi sombrilla; ya está.
—Pero, tiÃta, sólo vamos a casa; ¿para qué sirve todo eso?
—Para mantener el orden, hija; las personas debemos cuidar de nuestras cosas, si queremos que nos duren; bien, Eva, ¿has guardado el dedal?
—La verdad, tÃa, no lo sé.
—No importa; yo te revisaré el costurero: dedal, cera, dos bobinas, tijeras, cuchillo, pasacintas; muy bien, ponlo ahÃ. ¿Cómo te las arreglabas, hija, cuando viajabas sola con tu papá? Me sorprende que no hayas perdido todo lo que traÃas.
—Pues sÃ, tÃa, perdÃa muchas cosas; pero cuando atracábamos en algún lugar, papá me compraba más de lo que fuera.
—¡Córcholis, niña! ¡Qué manera de actuar!
—Era una manera muy fácil, tiÃta —dijo Eva.
—Es una manera muy inepta —dijo la tiÃta.
—¿Y ahora qué vas a hacer, tÃa? Ese baúl está demasiado lleno para cerrarlo.