La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Hay que cerrarlo —dijo la tÃa, con un aire de general, apretujando las cosas y sentándose sobre la tapa; pero aún no se juntaba la boca del baúl.
—¡Ponte aquÃ, Eva! —dijo la señorita Ophelia con valor—; lo que se ha hecho una vez se puede volver a hacer. Este baúl tiene que cerrarse con llave: no hay más remedio.
Y el baúl, intimidado, sin duda, por esta frase decidida, se rindió. El cierre se encajó firmemente en su sitio y la señorita Ophelia giró la llave y la guardó, triunfante, en el bolsillo.
—Ya estamos preparadas. ¿Dónde está tu papá? Creo que va siendo hora de que saquen este equipaje. Echa un vistazo, Eva, a ver si ves a tu papá.
—Oh, sÃ, está al otro extremo del salón de caballeros comiéndose una naranja.
—No puede saber lo cerca que estamos —dijo la tÃa—; ¿no deberÃas ir a hablarle?
—Papá nunca se da prisa por nada —dijo Eva—, y aún no hemos llegado al desembarcadero. Sal a cubierta, tÃa. ¡Mira, aquélla es nuestra casa, en esa calle!
El barco empezó, entre pesados gruñidos, como algún enorme monstruo fatigado, a abrirse camino entre los muchos barcos de vapor del malecón. Eva señalaba encantada las diferentes agujas, cúpulas y demás monumentos que distinguÃan su ciudad natal.